No. No puedo odiarte. Me costó tiempo entenderlo, pelée con sábanas y almohada para poder hacerlo. Pero no, un día la explicación vino sola, sin más. Todo mi pasado se deshizo pedazo a pedazo. No veía más allá de ti. Me sentía incapaz de vivir sin tenerte a mi lado. Comprendí que si a tí te duele, a mi me mata. Las cosas nefastas giraban 180 grados al verte sonreír. E involuntariamente, todo lo que hacía lo hacía pensando en tí. Lloraba por tí. Reía por tí. Soñaba por tí. Y seguía sin entender del todo por qué quería odiarte pero algo me lo impedía. Como cada atardecer se hacía corto para que aparecieran las estrellas. La forma en la que te miraba eran tan irreal que a veces creía que mis ojos se iban a secar. Que has sido el único capaz de juntar los pedazos de mi corazón y volver a reconstruirlo. Que eres mi motivo por el cual levantarme cada día. La razón por la que me da igual que se caiga el mundo a trozos si me quedas tú. Y sí, ahora sí. Creo que no te puedo odiar aunque tengas todas mis ganas de hacerlo. Es simple y sencillo. No puedo, porque te quiero. Y así será hasta que mi corazón deje de dar y recibir sangre de todo mi organismo. Hasta que se fundan los glaciares. Que no te odio, y odio no poder odiarte. Pero que te quiero, y que quizás también lo odie, pero oye, soy feliz conviviendo con ello.

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